Cuando Rubén llego a su casa del colegio la alegría se le desbordaba por los poros. Sería la primera vez que pasaría fuera de su casa más de un día, claro, si su mamá le daba permiso —mami ¿puedo ir dos días a Belmira? vamos en una excursión del salón, le dijo. La mirada de Rubén cambió cuando vio el rostro de su madre, de una vez supo que la respuesta sería no, y así fue.
Sin embargo Rubén no se rindió y trató de convencerla con todos los argumentos posibles, pero no lo consiguió. La semana de Rubén no fue la mejor, nada le salía bien, además permanecía la mayor parte del tiempo pensando en lo que se perdería.
El día del paseo llegó y Rubén no tardó en convertirlo en el peor de su vida. Su madre notó lo que le pasaba y decidió hacerle un regalo, una hermosa caja de colores. Rubén no se alegró mucho, después de estar recostado en su cama recordó el folleto de Belmira “Paraíso escondido” decidió leerlo, cuando terminó, la tristeza había desaparecido y las ideas afloraban.
Así que buscó su block de notas favorito y sus nuevos colores; se imaginó su iglesia de formas rústicas y colores tierra, adornada por tres inmensas torres, la del centro más grande que las demás y aun más hermosa; un reloj en medio parecía detener el tiempo y hacernos volver al pasado mientras sus campanas nos despertaban y llevaban al futuro. Coloreó su parque en el corazón, cuatro bancas donde quería alguna vez estar, al lado derecho un kiosco de colores vivos, amarillo y naranja, también dibujó una pequeña cafetería y un restaurante.
Hizo árboles y palomas en sus casas. Cerca de allí trazó una calle principal, a su lado casas y una pequeña frutería donde un hombre alto y moreno vendía lo mejor de la cosecha. Creó un pueblo maravilloso donde mezcló infinidad de colores, el páramo parecía una colcha de retazos verde, ocre, azul y blanco…
Pudo ver donde nacía un río y como brotaba de la tierra el agua, convirtiéndose al decender en un gran caudal que alimentaba todo a lo que a su paso tocaba. Sin darse cuenta Rubén no paraba de divertirse, pudo ver en el papel lo que no tenia delante de sus ojos.
Por la noche antes de dormir trató de imaginar el sonido del río, pero no lo consiguió. Esa noche Rubén soñó cosas extrañas, tan raras como nunca había visto. Volaba por todo Belmira, donde los colores, los pájaros y los peces del río se confundían con las montañas, el cielo y los bosques que lo rodeaban.
Era un sueño tan lindo que cuando despertó sintió tristeza de que terminara. Así que trató de recordarlo y sacó su juego de colores, entonces ya sabía que su caja de colores era mágica. Porque como los magos que hacen aparecer conejos en los sombreros o barajas en el aire, él con sus colores hizo aparecer un pueblo de sabor y color dulce.
Cuando llegó de nuevo a la escuela sus compañeros le contaron todo lo que conocieron e hicieron en Belmira, pero ninguno se pudo igualar a lo que él, gracias a su caja de colores vio. No fue el peor día de su vida, fue el mejor y el más divertido de todos, en el cual visitó el más lindo lugar “Belmira”.
Saber pintar es saber decir y vivir las cosas.
Gloria Inés Montoya
Estudiante 11°
IE Presbítero Ricardo Luís Gutiérrez Tobón
Belmira - Antioquia
Gloria Inés Montoya
Estudiante 11°
IE Presbítero Ricardo Luís Gutiérrez Tobón
Belmira - Antioquia

No hay comentarios:
Publicar un comentario